El esclavo.
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Los primeros días pude explorar la habitación en la que estaba. En realidad, exploraba la parte del cuarto que abarcaba mi campo visual inmóvil. Había en el techo una lámpara destartalada de luz fluorescente, que parecía que estaba a punto de caerse. Al lado derecho de mi cama había un gancho del que colgaba un frasco de suero, que la enfermera cambiaba todos los días. Más a la derecha alcanzaba a ver un tubo que contenía un fuelle negro que bajaba y subía al ritmo de lo que, ahora, identificaba ya como «mi respiración». Al lado izquierdo distinguía un complicado aparato con varios interruptores, focos y gráficas. Después me enteré de que estaba encargado de controlar mi respiración, los latidos de mi corazón y los nutrientes que me eran suministrados a través de un tubo que iba directo a mi estomago. Detrás del aparato se veía una parte de la ventana que era mi tormento particular. La luz que entraba todas las mañanas me atravesaba las pupilas, me despertaba y me traía siempre de r...